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Presentación
de Ismael Grasa:
En
“Labios de encaje” hay unos cuantos poemas estupendos. Esto es decir
mucho de un libro de poemas. Contiene unos cuantos poemas contundentes, de
palabras limpias. Creo que lo primero que debería decir sobre “Labios
de encaje” es que es un libro itinerante, en construcción, un poco como
la propia vida de la autora. La propia historia de la edición de este
libro, por lo que conozco, ha sido errática: se prepararon unas pruebas
de edición en México, luego pasaron unos años y por fin se han impreso
aquí. No da la sensación de que sea un libro cerrado, sino que se parece
más a un cuaderno de viaje.
La escritura poética de Elizabeth Hernández es heredera del
romanticismo. A esto se añade, por momentos, un formalismo quietista
heredado de la poesía clásica de China y Japón. No son versos
posmodernos, no hablan desde la distancia, desde la clave. Es una poesía
que quiere ser directa y depurada. Soy testigo de que cuando Elizabeth está
en un campo de fútbol, grita y anima de verdad. En “Labios de encaje”
la autora grita y celebra y señala las cosas, y todo lo hace de verdad.
Es un libro vitalista. Tiene mucho que ver con el “carpe diem” clásico.
En sus poemas, siguiendo este patrón, abundan las imágenes de cosas
perecederas: las mariposas, la carnalidad amorosa, los caracoles de playa
que se convierten en conchas secas entre la arena, un crujido bajo
nuestros pies. Y lo mejor es que no trata este asunto como un mero topos
poético, un lugar común. Hay una ingenuidad y una inocencia en este
libro que no es fácil alcanzar. Después de haber leído libros lo
sencillo, lo tentador, es querer ostentar de ello cuando uno escribe.
Elizabeth sigue su propio camino y consigue unos poemas de una simplicidad
eficaz y por momentos turbadora, como en el poema “Mariposa
de ciudad”: “Masco chicle,/
hago bombas,/ me rasco la nariz.// En veda de amor/ aunque estoy/ entre
periódicos del jardín.”
No es un poemario cerrado, como digo, sino que el tema es la propia
vida del que escribe el poemario. Diría que el tema es también el propio
aprendizaje sobre lo poético. No sólo porque hace referencias en los
poemas a la escritura, al hecho de leer, sino porque la autora va
evolucionando en su estilo a lo largo de los cinco capítulos que forman
el volumen. Por momentos, la voz de “Labios de encaje” me interesa más
cuando más avanza. Tras los primeros titubeos filosóficos y
experimentalistas, pronto, en el segundo capítulo, los ejes del libro
empiezan a centrarse y verse claros, como en una novela: la maternidad, el
amor carnal, el deseo de escribir, la figura distante del padre, la
errancia… Acabo de utilizar la palabra “novela”. Ciertamente,
“Labios de encaje” se puede leer como una novela en la que la autora
comparece.
Y es también un libro de viajes. A la altura del tercer capítulo
ya ha hecho aparición en el libro un elemento fundamental, que es el
sentido del humor. El patetismo de algunos de los poemas alcanza su
contraste de este modo y da lugar a una voz humana y próxima. El humor,
junto a imágenes cotidianas que desdramatizan pero que a la vez no dejan
de ser inquietantes, como sucede en “Aria”:
“Sólo el humo me deja ser ésta/
que va entre la gente sonriendo:/ El globo perdido del parque.” Esa
imagen del globo, tan colorista y cotidiana, combina bien con el título
solemne, “Aria”, y permite que aceptemos el poema, que compartamos el
dolor de la poeta. Es sabido que en poesía el llanto, sin más, no
provoca llanto, sino ganas de apartarse.
En el siguiente capítulo aparece una imagen que es acorde con la
itinerancia presente en el libro: la “grupie”, la seguidora viajera de
un grupo de rock o pop. Creo que Elizabeth debería contarnos cosas de su
pasado musical en México, seguramente sería más interesante que estas
notas. Me gusta mucho esa imagen suya en el poemario como “grupie”. Mi
canción preferida del último disco de “La Costa Brava” trata sobre
la historia de amor de un “grupie”. Estas imágenes del mundo pop
acercan el libro a la vida y le dan un colorido especial. Insisto en que a
veces el libro parece un diario. Elizabeth también trabajó en México en
la administración de un equipo profesional de fútbol. Reconozco que
estos aspectos biográficos de Elizabeth me fascinan. Quizá hubiese
estado bien que en el libro hubiese aparecido también el fútbol. En la
temporada liguera pasada asistí con Elizabeth y el escritor Carlos Castán
al partido por el que el Huesca se aseguró su permanencia en la categoría
de segunda. Yo, que no he tenido un pasado pop, tengo que decir que he
descubierto junto a Elizabeth la felicidad del fútbol. Creo que no estoy
siendo frívolo al decir esto. En el “grupie” y en el seguidor de un
equipo hay un componente gratuito y sentimental que me gusta. Cuando veía
que Woody Allen aparecía en sus películas asistiendo a partidos de
baloncesto de su equipo yo sentía envidia. Pensaba que los escritores
americanos pueden ir, por ejemplo, al béisbol, sin tener que justificarse
y sin que parezca algo penoso. Como escritor español, le debo a Elizabeth
el que me haya quitado unos cuantos prejuicios. Creo que Elizabeth ha traído
a Huesca una manera limpia de ver las cosas que tenemos delante. Lo que a
algunos les parece difícil, a ella le resulta sencillo. Ha demostrado ser
una gestora cultural incansable. Ha movilizado a muchas personas con sus
“Martes literarios”, sus talleres (en los que he participado) y sus
encuentros de Cultura Hispana. Por ella hemos conocido a otros escritores.
Creo que la ciudad de Huesca debe estarle agradecida.
El libro acaba con el capítulo “Cuaderno de viaje”. La primera
palabra que aparece es “Los Monegros”. Cuando lo leía no sabía si
eran unos Monegros mexicanos o se trataba de un capítulo añadido en su
estancia en Huesca, que va para seis años. Esta ambigüedad hizo más
sugerente mi lectura. En la voz vuelve a aparecer el humor junto a una
madurez nueva. Hay versos que hacen sonreír, y que dejan el alma
pendiente como en un tendedero: “Me
siento como esas braguitas/ colgando en la ventana.”
Enhorabuena a Elizabeth Hernández.
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